Ciudad

Volví al terruño. Smog, gente,  el metro, las calles anchas y los automóviles veloces pasando muy juntos unos de otros arriesgándose a rosar la defensa delantera con la portezuela del taxi que va a un lado. Mi bella ciudad, el aire contaminado que millones respiran de día y de noche; los empujones para ingresar al transporte público, empujones acompañados de su respectiva mentada de madre por no dejarse pasar, o por pasar primero, o por no quererse bajar, o por subir rápido, o nada más por sentir en la boca las palabras de mandar a la china a poner un huevo al prójimo. El policía que al preguntarle por la calle Xoco te responde preguntando cual número buscas. Los gritones ambulantes vendedores de compactos piratas, con su mochila en la espalda y la cantaleta acompasada monótonamente rítmica: “que no le digan, que no le cuenten, a diez pesos a diez, la mejor música que usted quería escuchar a diez pesooooooos”.

Eso no hay en la tierra del mariachi, ese ambiente de provincia no se compara con mi capital, con mi ciudad que es chinampa en un lago escondido…

Y caminé por mis antiguos terrenos, y caminé por mi selva de concreto, por mi asfalto, por mi hermosísima ciudad.

Llegue a saludar al gran hermano, ahí estaba como siempre negro, pero con más kilos que años, con su sonrisa franca y su mano de amigo, aquel que conocí con los que gritan “siempre listos”, aquel que llegó a mi escuela cuando la adolescencia florecía, y crecimos juntos y aprendimos a apreciarnos para ser hermanos de por vida. Negro y feo como siempre, burlón que me dice abuelito por mi cabellera blanca, por mis lentes de viejito o por mis arrugas que parecen de cuarenta aunque sean treinta y seis. Como no sentir el gusto de escucharlo, de mirarlo, de platicar con él, de recordar a los amigos de “la secu”: que si el panzón, que si la pecas, que te acuerdas del Crispín, que cuando jugamos americano con los del B. Ese Hugo, me transportó a mis doce agostos, a mi felicidad de entonces; ese Hugo, siempre lo logra hacer.

Caminamos un rato, me llevo a ese lugar donde estudiábamos; y vi el callejón donde me quedaba con Laura varias horas después de la salida, donde la abrazaba y la “lagartona” de ojos vivos y labios rojos. Hasta de Laurita me acordé. También de la madrina que “el Legorreta” me acomodó, la última que me pusieron, la que me hizo ser más bronco y  no permitir otra vez esa humillación. Hasta del Legorreta me acordé.

Y seguimos caminando hasta donde se encontraba Li, ella sigue igual, ahí estaban sus grandiosos pequeños ojos, su hermosa sonrisa y su voz relajante; me recibió con un abrazo y me miro las canas, ella se ve igual y yo parezco su abuelo, ella se ve igual y yo recordé sus quince años, ella sigue igual: morenita de cabello lacio, esbelta y con dentadura blanca como su alma. Platicamos de sus hijos y de los míos, de los del negro y de los de alguien más que no recuerdo ahora. Después de tantos años (como veinitantos), volví a ver a Li. ¡Que hermosa es… la vida!

Y regresé a “tequila’s land”, donde siempre extrañare mi tierra, donde tengo fincada mi gente, donde cosecho las siembras de mis cachorros, donde no dejare de pensar que pronto volveré, a la mejor ciudad del mundo, a la más bella, a la más grande, a la mejor: a mi México, distrito federal…

 

GASG

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