La tierra en las manos

¡Papi, atropellaron a mi hermanito!, fueron las palabras que me dijo la de en medio cuando me contaba lo del menor. ¿Era para creerle o para dudar? ¡Corre a la calle no te esperes!, así me gritaba mi conciencia cuando ya lo estaba recibiendo de los brazos de vecino.

Ahí estaba el cachorro, sin otro color en la cara más que los labios blancos y los ojos desorbitados.

-¡Dime donde te duele!

-la, la, la rodilla papi.

-¿puedes moverla?

-no.

-Primero respira tranquilo, relájate, estás bien, déjame verte, acuéstate aquí, no te muevas, tranquilo, aquí esta tu papá, aquí estas tu, estás bien, estás bien…

Cuando me nombraba que la izquierda no le servía para andar, me brincaba el grillo en el pecho y me repetía que era bueno que sólo fuera eso, o que era mala la tierra en las manos, que no era la imagen deliciosa.

-Y, ¿qué paso morena?

-Salió corriendo, no volteó y lo envistió

-¿Dónde está el desgraciado?

-De tonto se esperaba, no lo vi, huyó.

-¿Ya puedes mover la pierna?

-Ya, pero dime, ¿estás enojado?

-No pollito, contigo no.

-Entonces… ¿ya no voy a ir a la fiesta?…

Así pase, de espanto a coraje, de enojo a risa, y me quede en la estación que me acusa e insiste: ¡No eres un buen padre! ¡Eso no le pasaría si hicieras bien lo tuyo! ¿Y los otros cachorros? ¿Sabes que piensan lo mismo? ¡No eres un buen padre! ¡No! ¡No lo eres!

Cuídalos tu, Dios, porque hoy, yo no me siento un buen padre.

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