La dama de la gardenia

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La dama de la gardenia

Esta pesadito, tarda en bajar, pero ahí está… 🙂

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Palíndromo Absurdo

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Palíndromo absurdo

A mi tío Joel…

Él vivía feliz con su pareja Adis, sólo ellos dos, sin mascotas ni agregados. Nada podía turbar su felicidad de entonces, ni el “qué dirán” ni la ausencia aparente de sus respectivas familias; ellos dos sabían que la felicidad no la hacía el conjunto, sino la unión de amor y respeto con ese ser amado. Todo era aparentemente perfecto. Él, Leo J, era muy feliz.

Ya que no tendría hijos, decidió dedicarse a su profesión. Cursó Maestría y Doctorado, y como era de su total agrado se inclinó por un Doctorado más. Fue del modo que le gustó tener alumnos en universidades y redactar algunos libros para la posteridad. Cultivó amistades sinceras, obtenía diversiones en su incomparable matrimonio. Era, pues, la envidia de la comunidad. El Dr. Leo J. era muy feliz.

Una noche de diversión en el bar acostumbrado, esa vez que tuvo que ir solo porque él sí pudo descansar ese fin de semana. Encontró una sonrisa casual con un intercambio de miradas, invitación a beber algo juntos, bailar, platicar, acercarse al oído para hablar porque la música sonaba muy fuerte, roce de labios en su oreja, cada vez más cerca, su aroma era encantador, otra vez oreja y labios, después labios y oreja, al fin labios con labios. Lo clásico: vámonos de aquí y después… despertar a la mañana siguiente en lugar desconocido, ¿qué hice? No vuelvo a beber así, ¿desayunamos juntos antes de que te vayas?, un beso, un apretón de manos, un adiós. El infiel Leo J. se sintió arrepentido y se retiró.

Meses después, el acontecimiento ya había sido olvidado, por lo menos es lo que él se repetía. No se lo comunicó, ¿para qué? seguían siendo felices juntos, no necesitaba saberlo, no precisaba decírselo; pero esa tos, esa fiebre, ¿te llevo con el médico? Un expectorante y un antibiótico, pero era indispensable hacer unos análisis: de sangre, de orina, de…

-Doctor, ¿qué tengo?

-Leo J. tienes la “enfermedad del joto”, ¿qué te podías esperar siendo como eres?

-Pasaré por alto su homofobia, dígame claramente que tengo.

-No estás enfermo aún, pero eres portador. Lo demás es solamente una infección viral. De aquí en adelante protégete, a ti mismo y a los demás.

-Así lo hago, desde una noche infortunada, pero ahora ¡se tendrá que enterar!

-Termina el tratamiento del antibiótico con el expectorante, te pondrás bien, mientras tanto…

No le podía explicar a su amor lo que pasaba, sufriría por él, si le contaba cómo había pasado lo odiaría también por la infidelidad, entonces, ¡pelea!: Es que no me convienes, no te amo ya, existe alguien que si me comprende y no es como tú, necesito a alguien que sea más… más varonil… Lágrimas rodando en las mejillas, soledad absoluta y muchas, muchas más lágrimas internas. Al refugio materno, al cobijo de hermanas y sobrinos, a esperar el padecimiento. Nadie debía enterarse porque lo tratarían igual que el sectario médico, lo humillarían y lo despreciarían también, lo señalarían con el dedo tildándolo de enfermo mental. Nadie lo sabría, nadie, nadie lo sabría. Leo J. se resignó a sufrir, a callar.

Soledad de un año y volvió la tos con la fiebre, cada día peor. Síntomas notorios de lo que él sabía que era su destino final, lo que solamente él sabía.

-Pero hijo, te ves muy mal, ¿por qué no quieres que te lleve con el médico? Nunca le has tenido miedo a las inyecciones.

-No te preocupes mamá, esto pasara con el antibiótico y el expectorante como hace un año.

-Pero si yo no veo que estés tomando nada, hijo.

-Lo tengo en mi habitación, no te preocupes, yo me sé cuidar… me sé cuidar…

Como era lógico, su salud empeoró, sus hermanas preocupadas lo llevaron inconsciente al hospital. Suero intravenoso con antibióticos y vitaminas, sondas por todas partes. ¡Un infarto!, resucitación, se estabilizó, no decae, tampoco prospera.

-Esta grave nuestro hermano, no le digas a mamá todavía, aun hay esperanzas.

-Tendrá que saberlo tarde o temprano, es mejor que venga a verlo antes de que pase algo peor.

-¿Para qué? No tiene caso que lo sepa, ya lo sabrá cuando suceda.

-Callemos pues.

Varios días de incertidumbre en el hospital. No hubo buena posibilidad de alivio. No quedaba más que esperar un milagro. Las hermanas con el rosario en las manos. La madre preparaba sopa caliente (para cuando él regresara a casa) al momento que llegó la hija. Con mamá al hospital, a llorar por el difunto. Colegas y educandos, hermanos y sobrinos, amigos y admiradores, todos juntos por él lloraron en su velorio, también presenciaron su entierro. Todos, le dijeron adiós al Dr. Leo J.

En su epitafio escribieron: “Aquí yace el Doctor Leo J. quien por temerle tanto a un incurable virus, murió por una muy sanable neumonía”

Y es que es absurdo, que el virus del SIDA, al contrario de matarlo, acabó con su vida.

GASG

Adiós

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Adiós

 

Vistas enormemente azules, pestañas desaparecidas por el combate contra el cangrejo, ese nefasto cangrejo que te dejó sin cabellos y con los labios blancos, con la motivación guardada y el corazón cansado. ¿Dónde están tus azules miradas? Las que me veían llegar y no sé si para adentro o era a mí al que iluminaban. Ese par de cielos mucho más profundos que el mismo mar ¿Dónde quedaron ahora?

Y el blanco de tu alegría con los mismos azules se ha ido, ese blanco que cantaba simulando ser mamá con la amiga Polichinela, ese blanco que alegraba la tristeza de mis ausencias, dime ahora ¿Dónde está mi blanco favorito?

Ganó el cangrejo, sin dejar marcas porque hasta sus huellas se llevó, se llevó la inocencia del mundo, se llevó sueños de infante y de adulto. Pero dejó algo que los duendes no querían, dejó el dolor, la miseria y el llanto. No esperó más que una década ¡cangrejo insensato, irreverente, indeseable!

 

¿Dónde están mis azules y blancos? Diga alguien que no están en el lugar del eterno reposo, no lo digan, porque yo no puedo entrar ahí sin doblegarme ante tanta ironía, no me digan que ahí me los dejó el cangrejo porque sé que los llevo a su cueva. Y dejen a dios, porque si existiera, no me habría dejado a mí sin sus azules luces ni sin su blanca alegría.

 

GASG

¡Hola mundo!

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Kiubole chatos, pasenlen a lo barrido… 😛

Abandono

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Abandono

No quiero llorar, no debo, los duendes no entienden, los ancestros se afligen, es necesario no llorar. Cala en lo más hondo, hasta los huesos, no por lo que se ha sacrificado, ni por lo que se pudo haber perdido al pasar el tiempo, como fue la juventud y el brillo en la mirada, eso tarde o temprano se habría de ir; duelen los desvelos y los apuros que hoy parecen no valer, duelen las preocupaciones por el futuro, duele que la propia persona para ella no interesa, duele, si, duele.

Pero ella quiso no estar, prefirió lo que es materia antes que este desgastado corazón, prefirió la hechicería por encima de la ternura y un latidor rebosante de ella y para ella, prefirió sentirse libre no sabiendo que implicaba ser olvidada, prefirió ser única en el sitio aunque sin espíritu a la par. Duele, si, ¡duele!

Es necesario no llorar, pero entre mis brazos siempre la tuve, desde el principio, desde su principio, para mi ella era todo, con la primera, con el tercero y el cuarto, ella era la que simbolizaba siempre el amor, porque era puro, sigue siendo puro, solo para ella, para sus negros ojos y su espigada figura. Como dejar de amarla si de sentimientos míos y por ellos llegó; porque pudo no haber llegado pero yo, a mi modo, hacia mí la atraje, la recibí y desde entonces ha sido mía, más mía que del mismo dios. Ella decidió. ¡Duele, si, duele!

Quieran ángeles o demonios que las brujas no le dañen, porque si esto pasara, nadie contendrá a los leones, nadie combatirá la cólera y la rabia que despierte lo que ya era predicción. Que se cuiden en el aquelarre, porque más que un exorcista puede llegar un exterminador.

Que se proteja y se cuide sola, porque el protector sin brazos quedó, la armadura fuerte y resistente se ha vuelto de hielo en fuego, y lo que resistía hasta balas, hoy no queda ni resquicio, porque a ella se lo entregó, para que nada le cause aflicción y como blindaje que le aleje todo dolor. Aunque yo siga diciendo que esto duele, si, duele, y jamás dejara de doler, pero que ella jamás lo diga, que de su hermosa y por demás sonora voz no se escuchen las que hoy son mis quejas, que ella no sepa lo que es decir que ¡duele! Que no entienda lo que significa dolor.

GASG

ciudad

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Ciudad

Volví al terruño. Smog, gente,  el metro, las calles anchas y los automóviles veloces pasando muy juntos unos de otros arriesgándose a rosar la defensa delantera con la portezuela del taxi que va a un lado. Mi bella ciudad, el aire contaminado que millones respiran de día y de noche; los empujones para ingresar al transporte público, empujones acompañados de su respectiva mentada de madre por no dejarse pasar, o por pasar primero, o por no quererse bajar, o por subir rápido, o nada más por sentir en la boca las palabras de mandar a la china a poner un huevo al prójimo. El policía que al preguntarle por la calle Xoco te responde preguntando cual número buscas. Los gritones ambulantes vendedores de compactos piratas, con su mochila en la espalda y la cantaleta acompasada monótonamente rítmica: “que no le digan, que no le cuenten, a diez pesos a diez, la mejor música que usted quería escuchar a diez pesooooooos”.

Eso no hay en la tierra del mariachi, ese ambiente de provincia no se compara con mi capital, con mi ciudad que es chinampa en un lago escondido…

Y caminé por mis antiguos terrenos, y caminé por mi selva de concreto, por mi asfalto, por mi hermosísima ciudad.

Llegue a saludar al gran hermano, ahí estaba como siempre negro, pero con más kilos que años, con su sonrisa franca y su mano de amigo, aquel que conocí con los que gritan “siempre listos”, aquel que llegó a mi escuela cuando la adolescencia florecía, y crecimos juntos y aprendimos a apreciarnos para ser hermanos de por vida. Negro y feo como siempre, burlón que me dice abuelito por mi cabellera blanca, por mis lentes de viejito o por mis arrugas que parecen de cuarenta aunque sean treinta y seis. Como no sentir el gusto de escucharlo, de mirarlo, de platicar con él, de recordar a los amigos de “la secu”: que si el panzón, que si la pecas, que te acuerdas del Crispín, que cuando jugamos americano con los del B. Ese Hugo, me transportó a mis doce agostos, a mi felicidad de entonces; ese Hugo, siempre lo logra hacer.

Caminamos un rato, me llevo a ese lugar donde estudiábamos; y vi el callejón donde me quedaba con Laura varias horas después de la salida, donde la abrazaba y la “lagartona” de ojos vivos y labios rojos. Hasta de Laurita me acordé. También de la madrina que “el Legorreta” me acomodó, la última que me pusieron, la que me hizo ser más bronco y  no permitir otra vez esa humillación. Hasta del Legorreta me acordé.

Y seguimos caminando hasta donde se encontraba Li, ella sigue igual, ahí estaban sus grandiosos pequeños ojos, su hermosa sonrisa y su voz relajante; me recibió con un abrazo y me miro las canas, ella se ve igual y yo parezco su abuelo, ella se ve igual y yo recordé sus quince años, ella sigue igual: morenita de cabello lacio, esbelta y con dentadura blanca como su alma. Platicamos de sus hijos y de los míos, de los del negro y de los de alguien más que no recuerdo ahora. Después de tantos años (como veinitantos), volví a ver a Li. ¡Que hermosa es… la vida!

Y regresé a “tequila’s land”, donde siempre extrañare mi tierra, donde tengo fincada mi gente, donde cosecho las siembras de mis cachorros, donde no dejare de pensar que pronto volveré, a la mejor ciudad del mundo, a la más bella, a la más grande, a la mejor: a mi México, distrito federal…

 

GASG

La tierra en las manos

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La tierra en las manos

¡Papi, atropellaron a mi hermanito!, fueron las palabras que me dijo la de en medio cuando me contaba lo del menor. ¿Era para creerle o para dudar? ¡Corre a la calle no te esperes!, así me gritaba mi conciencia cuando ya lo estaba recibiendo de los brazos de vecino.

Ahí estaba el cachorro, sin otro color en la cara más que los labios blancos y los ojos desorbitados.

-¡Dime donde te duele!

-la, la, la rodilla papi.

-¿puedes moverla?

-no.

-Primero respira tranquilo, relájate, estás bien, déjame verte, acuéstate aquí, no te muevas, tranquilo, aquí esta tu papá, aquí estas tu, estás bien, estás bien…

Cuando me nombraba que la izquierda no le servía para andar, me brincaba el grillo en el pecho y me repetía que era bueno que sólo fuera eso, o que era mala la tierra en las manos, que no era la imagen deliciosa.

-Y, ¿qué paso morena?

-Salió corriendo, no volteó y lo envistió

-¿Dónde está el desgraciado?

-De tonto se esperaba, no lo vi, huyó.

-¿Ya puedes mover la pierna?

-Ya, pero dime, ¿estás enojado?

-No pollito, contigo no.

-Entonces… ¿ya no voy a ir a la fiesta?…

Así pase, de espanto a coraje, de enojo a risa, y me quede en la estación que me acusa e insiste: ¡No eres un buen padre! ¡Eso no le pasaría si hicieras bien lo tuyo! ¿Y los otros cachorros? ¿Sabes que piensan lo mismo? ¡No eres un buen padre! ¡No! ¡No lo eres!

Cuídalos tu, Dios, porque hoy, yo no me siento un buen padre.

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